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alguna manera – o de muchas, más bien – hemos aprendido que siempre podemos ser
mejores o que siempre las cosas que hacemos hubiesen podido hacerse de mejor forma.
Y, claro que hay mucho de verdad acá…
No
obstante, aunque es cierto que somos
“perfectibles”, cuando “evaluar” nuestras acciones, reacciones, emociones y relaciones
constantemente con la visión de un despiadado auditor de control de calidad se
convierte en una práctica que no termina… Sin ninguna compasión hacia nosotros
mismos, sin paciencia, sin tolerancia, sin amor… nos provoca una sensación permanente
de cruel desazón.
