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uando era
chiquita me preocupaba enormemente el hecho de que era diferente. Me
cuestionaba – sin ninguna conciencia propia - qué pasaba conmigo, qué estaba
mal… Mi mente trataba de convencerme de que, en realidad, quería ser igual a
todos, no notarme, pensar lo mismo que pensaban los demás, gustar de lo que gustaban
los demás, usar lo que usaban los demás, ir a los lugares que iban los
demás y hacer lo que los demás hacían. Trataba de convencerme de que lo mejor
era ‘pasar inadvertida’ - y que, así, les gustaría a todos. Eso me haría ser
‘cool’. No me salía muy bien la cosa…
No podía ser yo de otra forma. Crecí en un hogar muy
particular, único, en el que se me enseñó a ser yo. De dos padres que eran
ellos mismos, así como eran, para bien o para mal. Se me enseñó a opinar. Se me
enseñó a tener criterio. Se me enseñó a ver más allá de las apariencias. Lo
agradezco infinitamente. Lo honro.
Ahora que estoy en la adultez, en una década que, francamente
nunca pensé que iba a disfrutar tanto, me siento totalmente diferente de cómo
me sentía en ésa época. Ahora me encanta saber que soy así, sentirme así. Soy única,
con gustos atípicos, tengo una forma de pensar distinta a la de la mayoría de
gente, valoro otras cosas, y, lo que hago, digamos que es bastante singular…